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Nosotros también vimos al Gran Palermo

Tres días antes del partido contra Banfield, el SMS de Jorgito con las coordenadas para buscar las dos entradas fue una sorpresa. La despedida de Palermo iba a ser un hecho histórico. Y lo fue. Si hubo gente que pagó hasta $7000 por una entrada !. (1)

Pusimos abrigo, manzanas, algunas medias lunas y palitos de la selva en la mochila y salimos de casa con nuestras remeras de Boca Juniors (2) a tomar un 53 cargado de fervor Bostero, nacional y popular.

Thierry y Maru (3) nos esperaban con un pucho entre las manos, a pocas cuadras del Parque Lezama, con la cancha iluminando la noche como telón de fondo. Sobre mis hombros, León debió haber visto los ríos de hinchas que llegaban por las bocacalles, autos lentos a centímetros de los cuerpos que se zigzagueaban puestos de choripán y el merchandising azul y oro con ese maravilloso verso futbolero “hay gorro, bandera y binchaaaaaaaa!”.

Subimos las escaleras y caminamos hasta la puerta 20 sector D para acceder al codo de la cancha, en la segunda bandeja, justo a cuatro asientos del vidrio que separa a “La Doce” de la platea. Costó llegar, la gente caminaba en todos los sentidos por los pasillos, consulté con un empleado del club que evidentemente estaba de adorno y no tenía idea de por donde quedaba nuestro acceso, pensé que la señalización está para quien hace un recorrido tranquilo y no para el novato que llega ansioso en medio del tumulto. Los puestos de los panchos más caros del planeta desataron la tentación del niño consumidor, pero yo quería llegar y sentarme; fui tacaño y me arrepiento.

Manzana y caramelos mediante finalmente encontramos nuestros asientos. El 40 y 42 estaban justo debajo de las botas de una morocha bonita que intentaba hacer foco con su celular mientras su madre le tironeaba del brazo para indicarle el objetivo. Algún problema tenía, jamás vi a alguien mover sus piernas con tanta lentitud mientras los costados de su boca caían en un gesto de desgano. Por suerte León se la cobró después.

Todo listo para el partido

Todo listo para el partido

Ver la cancha por dentro fue una alegría. Mi hijo sonreía y preguntaba si ya empezó el partido. Tras una breve explicación del entorno (ahí va a estar La Doce, allá arriba en esas dos bandejas suelen llorar las gallinas, en la de arriba hay algunos hinchas de Banfield, ese que está en el campo vestido como para carnaval con la bandera y el sombrero luminoso de boca es el que indica cuando sale el equipo a la cancha, vas a ver que cuando entren los árbitros que son cuatro tipos vestidos de negro todo el mundo los chiflan, si ves a alguien muy enojado gritando no te asustes que es normal, ahí están las cabinas de transmisión de radio y TV, los de chaleco son los fotógrafos, esos pibes que están trepados al alambrado a 10 metros de altura son de la hinchada y están atando las banderas largas, ahí enfrente está el palco del Diego, ahí abajo están los bancos de suplentes) y las pautas básicas para cualquier niño que va por primera vez a un estadio argentino (cuidado al saltar, agarrate de la baranda que te podés caer y golpear, quedate conmigo todo el tiempo, no patees a la gente, esto no es un pelotero, si te cansás y te aburrís decime, no te asustes si papá grita y se enoja, ahora cuando sale el equipo vas a ver como llueven papelitos y todo es una fiesta, si no entendés las canciones vos cantá igual).

León

León

El coro de nombres célebres y el abucheo contra los patas duras se alternaban con las pausas de la voz del estadio mientras anunciaba la formación del equipo titular. Eran las 20:20 y estaba todo listo. Hicimos añicos una de los dos números atrasados de una revista de Boca que nos dieron antes de entrar. Parado sobre la baranda mientras lo sujetaba por la cintura León tenía su pilón de papelitos listos, por enésima vez me preguntaba si ya debía tirarlos. Imagino que mi descripción de la “fiesta” en que se convertiría la Bombonera fue pequeña en comparación a la lluvia de papelitos posterior y el canto de la hinchada recibiendo a Palermo en su último partido. Luego de tirarlos se dio vuelta y me dijo “viste?” como preguntando si lo había hecho bien. Lo abracé con fuerza y lloré. Descocidos por la felicidad gritamos “y dale!, y dale! y dale boca dale!”.

Mientras el equipo devolvía el saludo a la hinchada León saltaba como loco, seguro de estar sostenido, tanto así que se dejaba caer a un lado y al otro, adelante y atrás. Cinco minutos después de empezado el partido seguía igual. Por las dudas lo bajé al asiento y lo dejé por su cuenta. Siguió. Al igual que en casa y sobre alguna cama, cerraba los ojos y se dejaba caer. Primer reto. “Che, tranquilo, te vas a golpear en serio ! “, advertí.

Sólo el primer “uuuuuuuuuuuuuu” del estadio por el tiro de Palermo que pasó rasante sobre el travesaño del arquero de Banfield le indicó a León que la fiesta del comienzo había terminado y algo más interesante pasaba. Empezó a ver el juego. No perdí la oportunidad y esbocé una rápida clase de fútbol para infantes. Si alguna vez tuve alguna condición pedagógica, evidentemente fue en otra vida.

Una fila más abajo, una señora de rulos se distrae del partido por un momento. León jugaba con el tentador borde de cola de zorro de la capucha del tapado que contenía abundante pelo enrulado. Se dio vuelta con la cara desencajada por la molestia, pero la mirada pícara de León le arrebató una sonrisa. “Eras vos!”, dijo, y mirándome agregó “no te hagas problema, yo también tengo chicos”. A la quinta vez su ánimo ya no expresaba ternura. Segundo reto. “Basta o te sentás donde estoy yo y te arreglas solito con el mamut bestial que no deja de empujarme con su giganto-pata ! “.

Las banderas colgadas de la 12 hasta el alambrado detrás del arco que después el club le regalaría a Palermo para que se lo lleve a su casa de recuerdo, impedían distinguir la posición de la pelota cuando Boca atacaba durante el primer tiempo. Fueron muchos, casi se me acalambraron los brazos levantando a León para que viera un gol. No se si entendió mi propósito, pero alzarlo bien arriba siempre le gustó y este día más que nunca antes. Las sombrillas y banderas de La Doce se movían al ritmo de los bombos y las trompetas, a esa altura del partido León se había mimetizado con el ambiente y con total desparpajo imperativo me dice: “Dale papá, cantá !”. Recordé lo agotador que era ver un partido en La Doce, con esos lords ingleses parados sobre los caños flotando junto a los trapos y sacudiendo desafiante su brazo hacia la hinchada para indicar el ritmo y las estrofas del último cancionero xeneize. Por un instante mi hijo fue barra brava. Canté.

El primer tiempo pasó y la platea se descomprimió en busca de comida. Un pibe de no más de 18 años, un acróbata del jueguito, manejaba a la perfección las leyes de la física manteniendo suspendida la pelota con suaves y precisos golpes con casi cualquier parte de su cuerpo. Creo haber escuchado que alguno le tiró el desafío de ver si puede manejarla con su pito, mientras otro plateista contestaba a los gritos que seguro eso debía pedírselo en una función privada. Las apelaciones a la homosexualidad reprimida nunca pasan de moda en las canchas. Vi mandíbulas caer por semejante genialidad mientras muchos se acordaban de la madre de este sobrehumano de pelo rubio que saltaba en el círculo central con tanta genialidad. “Papá -dijo León sonriendo- estás diciendo malas palabras”. Me rendí. “Acá sí se puede”. dije.

“Señor, yo quiero!” entendí que dijo León al paso de “hay coca, hay coca, coca, coca!. De inmediato, a cinco metros de distancia de donde estábamos, el hombre que había detectado la vocecita de mi hijo buscaba al tacto un vaso sin bajar la bandeja de gaseosas. Le recordé a León que él no tomaba gaseosas y le hice señas al “cocacolero” para evitar su molestia. “Dije que yo NO quiero”, me aclaró como si fuera algo tan obvio indicarle a un vendedor que uno NO quiere el producto que está ofreciendo.

El entretiempo terminaba y los hinchas volvían engullendo patys. Me sentí miserable por no correr a buscarle un pancho. No había querido bajar entre la gente con León a cuestas para hacerme un lugar en el tumulto de hinchas hambrientos dispuestos a todo por el paty y la coca, para volver luego haciendo equilibrio entre los asientos y la gente hasta encontrar finalmente nuestro lugar. Buscando la manzana dentro de la mochila se materializaron tres medias lunas aplastadas por el abrigo que había guardado y que entre la ansiedad del momento olvidé su existencia. León volvió a saltar de alegría por el hallazgo y no tengo dudas que fueron las medias lunas más deliciosas que probó en sus cinco años de vida.

Naturalmente, el único gol de boca lo agarró a León mirando las tribunas. Nicolás Colazo había aprovechado un rebote y empujó la pelota dentro del arco para luego correr a abrazarse con el equipo. Mi pequeño no tardó en sumarse al grito de gol. Era su primer festejo y saltaba otra vez con alegría. Luego hizo algo que me sorprendió, tomó su remera y la besó. Yo no le había enseñado eso, tal vez vio a algún hincha o recordó algún festejo de la televisión. Volví a abrazarlo con fuerza y a sentir que no había nada más en la vida que pudiera necesitar.

A pesar del gol, el segundo tiempo fue más tranquilo, su energía cada vez era menos y el agotamiento poco a poco iba apoderándose de sus músculos. A Luchetti se le escapó la pelota de entre las manos empañando la fiesta prometida de Palermo. Al parecer León no era el único cansado. Faltando cinco minutos para el final confesó extrañar su cama. Le había dicho que podíamos irnos cuando quisiera, claramente le mentí. Faltaban la fiesta y los fuegos artificiales.

La despedida del más grande goleador

La despedida del más grande goleador

El partido terminó empatado 1 a 1. Mientras colocaban el sonido, las vallas y la tarima para que hablara el más grande goleador xeneize, la tribuna visitante se vació dejando un hueco en el paisaje, aunque no todos se habían ido. Los fotógrafos corrían a su corralito mientras la hinchada y León cantaban “Muchas gracias Palermo, muchas gracias Palermo, muchas gracias Palermo, muchas gracias Palermoooooo, vos nos diste los goles, vos nos diste alegría, lo que hiciste por Boca, no se olvida en la vidaaaaa, no se olvida en la vidaaaaaaaaa ! “. Después vinieron los videos, Pergolini como maestro de ceremonias, las palabras de Martín a la hinchada y la vuelta olímpica de agradecimiento. A nuestro alrededor la gente estaba verdaderamente emocionada. Al día siguiente vi fotos increibles, con seres humanos llorando a moco tendido prometiendo jamás olvidar al más grande centro delantero de la historia bostera.

Intentamos bajar de la mano, pero preferí sentarlo sobre mis hombros. La marea humana nos fue llevando hasta fuera del estadio. Rato después mis amigos aparecían en el punto de encuentro acordado. León dijo que le gustó y recitó partes de los cantitos que recordaba. Caminamos muchas cuadras hasta el auto de nuestros amigos aprovechando las veredas altas de La Boca, jugando a saltar a la calle.

Llegamos a casa pasadas la una de la madrugada. El estaba aun despierto. Paula luchaba para que Eva cayera abatida por un sueño que no lograba conciliar. Comimos un pancho y luego a la cama. A pesar del cansancio quería un cuentito como todas las noches. Pidió “El sueño del pibe”, una poesía naif que habíamos recordado al salir de la cancha sobre un chico que quería triunfar como jugador de fútbol y salvar a su familia de la pobreza, que como venía escrita en varios idiomas, León se descostillaba de la risa por mi patética pronunciación.

No se le gustará el fútbol, si lo jugará, si seguirá a Boca o a otro club, ni siquiera si querrá volver a una cancha. Se que disfruta de muchas cosas como el teatro, la lectura, el juego, el agua, la tele, dibujar o jugar en la compu, y soy feliz por ello. Pero este día, un 12 de junio de 2011 jamás lo olvidaremos. Tal vez algún día le pueda decir a mis nietos que con su papá, fuimos a ver al gran Palermo.

Nosotros también vimos al gran Palermo

Nosotros también vimos al gran Palermo

(1) Mi eterno agradecimiento para el Dr. Amor por el momento único que pasamos con León en semejante debut futbolero: fue la primera vez que entró a una cancha, a ver a Boquita y nada menos que a despedir al más loco de los goleadores.

(2) Tía Breier, “gracias totales” por haberme regalado hace ya varios años la remera con la firma del Guille.

(3) Amigos que atestiguaron este importante momento de nuestras vidas.

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Comentarios

2 comentarios en “Nosotros también vimos al Gran Palermo

  1. Y un agradecimiento para Paula que apesar de ser lastimosamente de River se la banca??
    Me encantó tu crónica. Beso

    Publicado por paubart | 17 Jun 2011, 2:46 pm

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