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Comunicación, Cultura, DDHH

“Zona Liberada”: Programa homenaje al gran Sergio Dima

 

 

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Sergios-zona-liberada

Sergio Dima (derecha) en FM Boedo

 

Fragmentos del programa especial en homenaje a mi amigo y colega Sergio Dima.

“Una de las dos voces que escuchaste a esta hora durante las últimas 8 semanas se acaba de silenciar. Sergio Dima, conductor de este programa, mi amigo, colega y compañero de la vida emprendió un viaje que nadie podrá contar. La muerte lo alcanzó en forma sorpresiva el sábado pasado, 16 de julio. Tenía 45 años y los vivía a pleno.
Este último programa está dedicado en su memoria.

Momento 1: (sonido de lluvia)

Año 1989. Es tarde, deben ser como las once de la noche o más. Hace frío, llueve y acabamos de terminar un programa de radio en una FM de Vicente López que ya ni el nombre recuerdo. En aquel entonces les decían «FM truchas» a las emisoras barriales como ésta que hoy estás escuchando; pero claro, no había internet ni streaming para que una transmisión hecha a pulmón recorra todo el planeta.

Sergio Dima, que ya estaba cursando periodismo en TEA, había hecho de co-conductor y preparó una  columna sobre unos casos policiales. Era sobrino de Miguel Briante, que por entonces era periodista de Página 12, y tal vez eso le dio seguridad para lanzarse sin temor al aire. Pero más allá de ese linaje, había cierta habilidad para contar historias; cierta necesidad de contar y escupir tramas, protagonistas, situaciones y momentos trágicos de los seres humanos. Me impresionaba que no era como un caballo de carrera que se lanzaba hacia el objetivo. El chabón te miraba a los ojos y te contaba, y cada tanto fugaba hacia arriba, como buscando algo que se le quedaba perdido en su nube hasta que te lo traía y metía en el relato.

Bajamos unas escaleras de mármol y salimos a la galería de la avenida. Las marcas de nuestras pisadas quedaban tanto en la alfombra improvisada con cajas de cartón desmembradas, como en la humedad del granito bajo nuestros pies. Encendimos un pucho y esperamos a que bajara el resto. Éramos como once. Habíamos terminado de hacer el primer programa de radio de nuestras vidas; una suerte de ejercicio final del taller de periodismo que cursamos con Gustavo Campana y Eduardo Vilarnovo, que por entonces eran docentes de la Casa de la Juventud de Vicente López.

Es gracioso, porque aquello que empezó como parte de un proyecto social para sacar a los pibes de las adicciones se había convertido en un espacio gratuito de gestación cultural con talleres de teatro, periodismo, artes plásticas, poesía y literatura, y al que muchos concurrimos sin siquiera haber probado un porro en nuestras vidas. Y eso que estaba pasando en ese lugar por esos años, no era otra cosa que dar cuenta de una necesidad que ni la escuela, ni la tele ni nada nos brindaba. (Después sí, con los años, vino el porro, el chupi y las experiencias de vida que cada uno tiene en el haber, pero esa es historia para otro momento).

La cuestión es que estábamos ahí, cagados de frío pero contentos. Habíamos hecho radio!!! Y era imposible no proyectar hacer algo parecido a «eso» por el resto de nuestros días. Teníamos 18 o 19 años.    Gobernaba Menem y trabajar en algún medio era un sueño más distante para unos que para otros, pero no imposible.

Momento 2: (sonido de máquinas de escribir)

1990. Un año después. Sin nombrar la palabra «femicidio» los medios se hacían un festín con el devenir judicial por el asesinato de Naír Mustafá, una nena de nueve años que primero había desaparecido y luego su cuerpo sin vida apareció ultrajado al costado de las vías del ferrocarril, en Tres Arroyos, Provincia de Buenos Aires.

Ambos cursábamos en TEA, Dima estaba por terminar y yo promediaba mi primer año. Recuerdo que para la materia Taller teníamos que presentar una nota con entrevistas originales y recuadros. La figurita difícil de aquel entonces era el abogado de la mamá de Naír, un tipo muy críptico, más parecido al estilo Moner Sans que a Petrochelli (si tenés menos de 40 cagaste con la anécdota, googlealo). El tipo sólo daba entrevistas en su estudio. Estaba convencido que tenía los teléfonos pinchados. Conseguí su teléfono y lo llamé. Le dije que era estudiante de TEA, que me había conmovido el caso, que no lograba entender la trama ni tampoco los ataques que recibía del diario La Nueva Provincia. Tal vez se apiadó de mi o simplemente quiso darme una oportunidad, la cuestión es que me pasó su dirección, un día y un horario para verlo. El vivía en Bahía Blanca, yo en Buenos Aires y sin un mango para el pasaje. Corriendo voy a hablar con Carlos Ferreira, profesor de taller y director de TEA. «Tenés que aprender que un periodista tiene que hacer notas que sean posibles. ¿Cómo le decís que sí sin guita para viajar?». Otro que se apiadó, o simplemente me dio una oportunidad. Fue la primera vez que TEA mandó un corresponsal.

Estuve meses escribiendo y reescribiendo crónicas que nunca vieron la luz. Sergio me encontró tecleando una de esas veces y yo, como hago habitualmente, hice catarsis porque la nota no me salía. No lograba poner en palabras lo que sentía de la experiencia. Tal vez sea puro invento y nunca me lo dijo, pero tengo el vago recuerdo de que luego de mirar las dos páginas de texto tachadas una y otra vez, me dijo: «Pensá en hechos, no en datos; y hacelo uno después del otro, porque si no perdés la secuencia. Y si perdés la secuencia, no hay relato. Y si perdés el relato, no hay historia. Y si no hay historia, eso que querés contar nunca existió. Vos querés que exista, no?».

Momento 3: (sonido de marchas)

Viví los 90 buscando trabajo, entregando sumarios en las redacciones, mangueando puchos en la calle, y tomando un cortado como almuerzo, merienda y cena, todo junto. Fueron años de marchas y largas caminatas con el morral, unas galletitas, el diario del día, un libro, un grabador, libreta y biromes. Todo un presupuesto.

Debemos habernos encontrado decenas de veces en una línea de puntos que unía el Obelisco con Plaza de Mayo, el Congreso, Plaza Italia, Barrancas de Belgrano, Puente Saavedra y Vicente López. En cualquiera de esos lugares nos encontrábamos sin planearlo. A veces pasaban semanas sin vernos y ahí coincidíamos, esperando el 60, el 152, o el 59 para llegar al barrio.

Eran momentos únicos. Dos Sergios, casi de la misma edad, que vivían en barrios cercanos (él Vicente López y yo Saavedra), que queríamos ser periodistas y que renegábamos de una profesión que ya entonces parecía asemejarse más una «fábrica de hacer chorizos» que a una primera versión de la historia y la cultura.

Tuvimos recorridos profesionales diferentes. Yo me acerqué más a la militancia por los derechos humanos, a los juicios contra Scilingo, Cavallo y Pinochet en España, a organizar las primeras redes de defensores de derechos humanos en internet en Derechos.org y Amnistía Internacional, a crear sitios web para las madres de Línea Fundadora y para casos de violencia institucional como Sebastián Bordón, Natalia Melmann, Mariano Witis y muchos otros.

Sergio Dima se fue a vivir a Holanda y nuestros encuentros casuales en los que nos poníamos al tanto de nuestras vidas se hicieron más distantes. Hace poco me contó que la crisis del 2001 lo encontró de turista en Buenos Aires. Había venido para ver qué onda y se encontró con un país en llamas. No aguantó y se volvió a Holanda. Coffee Shopp mata represión.

Momento 4: (sonido de cortinas de noticieros)

El auto-exilio le duró poco. El 2003 lo encontró narrando el caso Blumberg para un libro que firmó Lucas Guagnini, el nieto de Cata, la célebre militante del PC y referente de Familiares de desaparecidos. La gente se movilizaba en masa pidiendo por la vida de Axel, un joven de San Isidro con futuro bien, mientras que en José León Suárez, un pibito llamado Diego Duarte quedaba sepultado entre las montañas de basura. Uno fue secuestrado, el otro estaba cartoneando.

Ya no pudo irse. Cubrió Policiales para Página 12 y desde hace once años lo hacía en Clarín. Yo recién había empezado a trabajar en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y tenía por delante el desafío de hacer visible para adentro y para afuera los casos de violencia institucional.

Ese extraño ejercicio de la profesión, el hacer prensa -pero en este caso no para un funcionario sino para los familiares de víctimas- me puso en un lugar difícil. Siempre me ha costado la frustración de ver cómo los intereses comerciales de una empresa periodística se imponen a la construcción de una sociedad más justa y equitativa.

Policiales vendió siempre. No son muchos los periodistas que además de ver el hecho de sangre observan el accionar de la justicia, la impunidad policial, el maltrato judicial y la ausencia del Estado sucumbiendo a los discursos estigmatizantes y discriminatorios. Porque los miles que pueblan las cárceles argentinas son pobres que tienen prisión preventiva mientras esperan un juicio justo. Son ellos los que habitan los centros de tortura que en algunos lugares del país se llaman «cárceles modelo».

Al igual que Horacio Cecchi, Juán Alonso, Patán Ragendorfer, Cristian Alarcón, Sebastián Hacher, Carlos Rodriguez, Néstor Llido, Virginia Mesi, María Elena Rippetta y tantos otros colegas que escriben policiales, Sergio Dima formó parte de un grupo de gladiadores que aún hoy sobreviven dando batalla con la palabra para entender que los derechos humanos no forman parte de un relato, sino que son un prisma desde el cual se narra la vida misma.

Empezamos a planear este programa que hoy termina con el afán de liberar los lastres y las ataduras para ejercer la profesión desde el amor a la vida y con la rabia suficiente para operar sobre el sentido de la injusticia. Como dice un separador de este programa, intentamos explorar los relatos de la violencia del Estado. Cada uno a su manera lo fuimos haciendo hasta aprender lo suficiente.

Tardamos más 20 años en trabajar juntos con mi amigo, colega, vecino y compañero de la vida, Sergio Dima. Y aunque haya sido solo un instante de nuestra existencia, valió la pena.

Gracias a Isabel Vera -su mujer- que le puso funk a todo esto y nos esperó después de cada programa en su casa con amigos y las sopas más impresionantes que haya probado en mi vida; también a Martín Caballero que operó el programa tras bambalinas, a Laila Garzón y Verónica Rubio que hicieron la artística, a Agustín Tealdo de Eter, a mi esposa Paula Bartolomé, y a tantos amigos y compañeros de ruta que nos dieron sus consejos. A todos ellos nuestra eterna gratitud.

Soy Sergio Sorin y esto fue «Zona Liberada». ”

FIN DEL PROGRAMA

Sergio Dima

Sergio Dima: requiem para un detective salvaje del periodismo

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